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Espacio
natural, espacio abierto o área
verde son términos que generalmente
se emplean como sinónimos, y sin embargo su significado
no es el mismo. El espacio natural es el origen del
espacio abierto y de las áreas verdes. No tiene
límites, es infinito, y hasta finales del siglo
XIX se consideró que no requería planeación
o cuidado alguno, ya que era la naturaleza misma, "el
campo".
El proceso de urbanización de la sociedad contemporánea
generó el uso y la explotación desmedidos;
las manchas urbanas desbordaron los límites de
sus emplazamientos, provocando su deterioro y el desequilibrio
físico y ambiental del medio o espacio natural.
Es en este contexto que la sociedad contemporánea
desarrolla un nuevo concepto de espacio abierto, con
diferentes valores determinados por la cultura, por
su ubicación geográfica y por su tiempo
histórico.
Por definición, el espacio abierto es todo espacio
no cubierto, el cual puede clasificarse por su diseño,
su material de construcción, su derecho de propiedad,
su uso y su función. Por su diseño y material
de construcción se clasifica como espacio abierto
inerte: calles, plazas, patios,
banquetas, ciclopistas y estacionamientos, entre otros,
o como área verde: parques, jardines, camellones
y áreas de reserva ecológica. La combinación
de ambos conforma el espacio abierto.
Por su derecho de propiedad, el espacio abierto es público
o privado, conformando en su relación espacios
semipúblicos y semiprivados; esta clasificación
ha propiciado en nuestra ciudad la falta de atención,
cuidado y mantenimiento que requiere el espacio abierto.
Por consiguiente, el espacio abierto no es un espacio
abandonado, sobrante, perdido o sin uso, sino por el
contrario, es un espacio muy valioso que cumple una
función social indispensable para el desarrollo
equilibrado del ser humano como individuo y de la sociedad
en su conjunto, ya que es el lugar de recreación
por excelencia.
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Por
su uso, el espacio abierto se
clasifica como área verde urbana, que cumple
una función ambiental de importantísimo
valor ecológico; estas áreas son consideradas
como los pulmones de las ciudades, las cuales, a través
de la vegetación, purifican el aire, permiten
la recarga del manto acuífero y sirven de eslabón
entre el hombre de la ciudad y la naturaleza; estos
espacios a gran escala son los bosques periurbanos o
metropolitanos. y a pequeña escala, actualmente
clasificamos como áreas verdes incluso a camellones
y libramientos viales.
Estas áreas podemos considerarlas como suaves
y permeables espacios que permiten el desarrollo integral
del hombre, y sin embargo son sitios cada vez más
escasos en nuestra ciudad: "La
superficie existente de parques, jardines, camellones
y glorietas es de 2.3 m2 por habitante, la ONU recomienda
16 m2 por habitante y otras normas internacionales 9
m2". La falta de estos espacios provoca
el uso intensivo y el alarmante deterioro de los pocos
que hay; basta visitar el Bosque de Chapultepec para
entender la dimensión del problema.
La
integración de áreas verdes y espacios
inertes conforma al espacio abierto dentro de la traza
urbana, de ahí que incluso los predios baldíos,
basureros o terrenos residuales formen parte de un todo
cuyo uso debe planificarse y convertirse en objeto de
estudio. Como ejemplos del uso de estos espacios en
nuestra ciudad podemos citar los basureros de Santa
Fe, en donde el diseño del espacio abierto ha
transformado los depósitos de basura en áreas
verdes, cumpliendo al mismo tiempo una función
ambiental y una función paisajística;
o la recuperación ecológica de Xochimilco,
de la cual el Parque Ecológico de Xochimilco
es un espacio significativo.
Sin embargo, entre los problemas más graves que
enfrenta la ciudad está el contraste de todas
aquellas áreas que por su dimensión se
consideran espacios residuales, como tierra de nadie;
basta recorrer la ciudad para encontrarlas: intersecciones
de ejes viales con calles y avenidas, áreas bajo
los pasos a desnivel, líneas de alta tensión
o derechos de vía, los cuales se convierten en
áreas deterioradas tanto física como socialmente.
De acuerdo con su función el espacio abierto
puede clasificarse en sociocentrípeto o sociocentrífugo;
los primeros cumplen la función de reunir a los
usuarios y permiten la interacción social, tal
es el caso, por ejemplo, de la Alameda Central, que
a pesar del paso de los años sigue conservando
su identidad; caso opuesto sería el Zócalo,
que por su escala y diseño se presta a la realización
de ceremonias cívicas, o grandes reuniones de
personas, pero no permite la interacción social.
Por su escaso mantenimiento, alarmante deterioro y falta
de seguridad, los espacios abiertos en nuestra ciudad
se han convertido en espacios sociocentrífugos,
lo cual acelera su deterioro y abandono.
Esta problemática, sin embargo, no es privativa
de nuestra ciudad; en el mundo entero se ha dado un
proceso de deterioro de las áreas naturales y
de los espacios abiertos urbanos, como resultado del
conflicto que se genera entre el desarrollo económico,
el desarrollo social y la conservación del medio;
esto ha provocado también diversas corrientes
de pensamiento.
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La evolución socioeconómica del hombre
se vincula históricamente con el medio desde
el punto de vista ecológico; las sociedades agrícolas,
como producto de su dependencia del mismo, logran establecer
un balance entre su uso y su conservación; sin
embargo, en este fin de siglo la industrialización
y centralización político-económica,
aunadas a los avances científicos, han provocado
la explosión demográfica, la expansión
de las manchas urbanas y el deterioro tanto de los espacios
abiertos urbanos como de los de la periferia de las
ciudades.
Asimismo, un nuevo usuario aparece en escena, el automóvil,
emprendiendo una singular contienda con el hombre por
el dominio del espacio abierto urbano. Las ciudades
se modifican para permitir el rápido desplazamiento
y aparcamiento, causando enormes
pérdidas de áreas verdes; la
redensificación de áreas urbanizadas que
cuentan con infraestructura y servicios acelera también
la pérdida del espacio abierto; la falta de predios
para el desarrollo de todo género de edificios
provoca cambios constantes en la estructura urbana;
las presiones del mercado inmobiliario influyen estos
cambios y los espacios abiertos urbanos son siempre
los primeros perjudicados, a pesar de las especificaciones
técnicas de los reglamentos de construcción,
los cuales no han logrado protegerlos.
Sin embargo, nuestra ciudad, como todas, tiene una sustancia
y una forma que la hacen reconocible a pesar del paso
del tiempo. Entre ellas podemos identificar el medio
ambiente, cuyos elementos tienen un rasgo permanente
o a nuestros ojos lentamente transformable; un carácter
que conforma a la ciudad, definido y arraigado desde
su origen, y los elementos culturales que resultan de
un proceso evolutivo dinámico en el que participamos
sus habitantes.
Es necesario que la sociedad reconozca en su conjunto
el valor de los espacios abiertos, que éstos
realmente formen parte del bagaje cultural de quienes
habitamos esta ciudad; en tanto el espacio abierto no
recupere sus cualidades propias de forma, función
y significación, las cuales en el pasado caracterizaron
su evolución, en la actualidad su uso y conservación
serán siempre limitados.
Si contamos con un mínimo
de espacios abiertos, éstos al menos deberían
contar con una calidad que permitiera establecer los
valores antes mencionados.
***PUBLICACION DEL COMITÉ EDITORIAL DEL GOBIERNO
DEL DISTRITO FEDERAL: Espacios abiertos de la Ciudad
de México, Marcos Mazari Hiriart.
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